#OPINIÓN @AnibalSanchez “Mientras Maduro cierra 2018 con 3,6 votos; el 2019 abre con 66,8% apostando a negociación”

Los ojos del mundo sobre Venezuela, aunque el año 2019 está signado por varios procesos electorales en la región “El 3 de Febrero, Presidenciales y Legislativas en El Salvador; Regionales en Ecuador el 24 de Marzo; Presidencial en Panamá el 5 de Mayo; Regional (5 Estados)de México 9 Junio; hay una sola Generales en Guatemala para el 19 de Junio; Presidencial en Uruguay el 27 de Octubre en esta fecha igual hay Regionales en Colombia, Presidenciales en Argentina y Bolivia” expuso en las redes sociales el Consultor Electoral Aníbal Sánchez Ismayel, al tiempo que analizaba los números de la opinión pública al cerrar el año en Venezuela.

Exactamente un año atrás (2017) un estudio estadístico de Datanalisis, nos reflejaba que un 59,6% de los venezolanos eran de la opinión de que el Presidente Maduro debería retirarse adelantadamente, “dos meses después la Asamblea Constituyente (desconocida por muchos) convocó unas presidenciales” al cierre del 2018 la cifra de los que opinan que el presidente debe tener continuidad es del 15,4%, no es el 32,9% como era en diciembre del 2017.

De ahí que se indaga más sobre este comportamiento (@anibalsanchez) “Sube en 5% en  solo últimos 60 días [los que piensan que Maduro debe culminar mandato en el 2018] para llegar al 63% de la población; solo 5,7% piensa que debe permanecer en el poder hasta el 2024.

Este sector (5,7%) que cree viable que Maduro permanezca hasta el 2024 está integrado por el 27,8% de los que se definen chavistas y un 2,7% de los no alineados. “Solo el 67% del 28% participante el 9-D voto sobre PSUV” hablamos del 18% del RE lo que está cercano a los 3.6 millones de electores; será este el piso político de Maduro para afrontar el 2019.

El estudio amplía los ítems sobre escenarios hipotéticos que van desde la Intervención: Rechazada en Noviembre por un 36,5% muy en contra y 12,2% algo en contra; y en Diciembre los que están muy en contra pasa a 40,3% y algo en contra 14,7%. Sobre una posible salida negociada en Noviembre de Algo a Muy a Favor de 53,3% pasa en Diciembre a 66,8%.

En una posible negociación, como denominan algunos comunicadores sociales; Aunque Sánchez apuesta por una mesa de resolución de conflictos es tan importante como los representantes e interlocutores, la agenda; de ahí que en otros trabajos habla de “hacer un máximo esfuerzo en las mínimas coincidencias” de ahí que los estudios evalúan puntos a tratar como: Aceptación de la Ayuda Humanitaria (21,5%), Repetir Elecciones (20%), Levantamiento de Sanciones (8%), Liberación de Presos Políticos (6,9%), Reconocimiento de la Asamblea Nacional (5,3%), Disolución de la Constituyente (4,5%)…

NP

 

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Extraordinaria #Opinión ¿Usted sabe a quién está votando? por Nicolás Cabrera

¿Por qué asombra que en Brasil, uno de los países más desiguales del mundo, se elija en masa a un candidato que promueve abiertamente casi todas las desigualdades? Duele, desconcierta, invita a la negación. Pero tal vez sea hora de asumir que, para muchas personas, las desigualdades no solo son aceptables sino que, además, son justas.

Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En ese cuadro se representa a un ángel que parece a punto de alejarse de algo a lo que mira fijamente. Los ojos se le ven desorbitados, tiene la boca abierta y además las alas desplegadas. Pues este aspecto deberá tener el ángel de la historia. Él ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de datos, él ve una única catástrofe que amontona incansablemente ruina tras ruina y se las va arrojando a los pies.

Walter Benjamin

El pasado siempre exige derechos. Esa fue una de las máximas que Walter Benjamin predicó para combatir la perplejidad que despertaban los autoritarismos del siglo XX. El ensayista alemán entendía que «la realidad» no es otra cosa más que procesos sedimentados. Un amontonamiento de ruinas. El presente brasilero no es la excepción. Preguntarse por el fenómeno Bolsonaro obliga a escarbar en las raíces más profundas del país. Las oraciones evangélicas, el odio al Partido de los Trabajadores (PT), la nostalgia militar, el racismo recargado o el empoderamiento homofóbico no son causas sino dinamizadores de estructuras más intensas y extensas. Brasil engendró a Bolsonaro antes de que el mismo capitán naciera.

Para entender la génesis social del posible futuro presidente de Brasil podríamos desempolvar centenares de libros, fechas o nombres. Prefiero reivindicar un texto clásico que, como tal, es inoxidable. En el ocaso de la década de 1970, en plena dictadura militar brasilera, el antropólogo Roberto Da Matta publica un ensayo titulado ¿Você sabe com quem está falando? (¿Usted sabe con quién está hablando?) en el que busca comprender cómo se manifiesta cotidianamente una cultura autoritaria. El interrogante que titula el texto, expresa un rito de poder usado diariamente en Brasil para restablecer relaciones jerárquicas amenazadas. Una escena a modo de ejemplo: dos personas desconocidas entre si discuten acaloradamente en la calle después de chocar sus autos. Cruzan insultos y amenazas. Uno de ellos recuerda a la madre del otro. El otro se ofende y retruca: «usted sabe con quién está hablando? Soy teniente coronel de la Policía Militar».

La discusión es un intercambio entre iguales hasta el momento en que el teniente saca chapa. Su pregunta es un gesto autoritario que restablece una jerarquía impugnada o ignorada ante un ataque devenido agravio. La moraleja es simple: ante intentos igualitarios hay sectores que buscan «poner las cosas en su lugar» apoyándose en el «esqueleto jerárquico» históricamente sedimentado de la sociedad brasilera. La personalidad autoritaria es constitutiva de un Brasil que no acostumbra a discutir sus jerarquías; o que, cuando lo hace, despierta reacciones tan virulentas como efectivas para remarcarlas. Una independencia «desde arriba», el último país de América Latina en abolir la esclavitud, amnesia y amnistía colectiva frente a una dictadura de veintiún años, índices inamovibles de desigualdad socioeconómica o violencia social, son apenas algunos procesos históricos que reflejan una sociedad donde todo el tiempo se subraya el lugar que cada uno debe ocupar. Bolsonaro es hijo de Brasil.

En ese contexto, la experiencia del PT fue parcialmente disruptiva. Reconocer derechos a las empleadas domésticas, facilitar el ingreso de negros a universidades o castigar cuando un morador de edificio prohíbe a los empleados usar el mismo ascensor que él –¡hasta el 2004 las empleadas domésticas tenían un ascensor propio para no mezclarse con sus empleadores!– fueron gestos que impugnaban un orden material y simbólico de la «esclavocracia» brasilera. Desde este punto de vista el voto positivo a Bolsonaro y negativo al PT, tienen el mismo sentido social que el «¿usted sabe con quién está hablando?»: restaurar un orden jerárquico desafiado.

Sin embargo, creo que la verdadera potencia de Da Mata no solo está en denunciar los mecanismos por los que los dominantes (hombres blancos, militares, sureños, adultos, heterosexuales) se imponen. Sino también –románticos abstenerse– en mostrar que los propios dominados (mujeres, negros, indios, nordestinos, niños, civiles, homosexuales) pueden adherir a su verdugo o simplemente callarse ante la jerarquía. No es casualidad que Da Matta no analiza posibles respuestas ante la vanidad del teniente. Un silencio que desconcierta, como las actuales elecciones. Guillermo O Donell, al trasladar aquel interrogante al caso argentino, encuentra una respuesta retrucada. Para el politólogo porteño, en Argentina, de tradición más igualitaria y contestataria que Brasil, ante el «¿Usted sabe con quién está hablando?» se responde «¿A mí que mierda me importa?»

En la adhesión a Bolsonaro hay cuestiones más incomodas de lo que estamos dispuestos asumir. En esta misma revista, dije que el capitán es una síntesis de todo lo dominante. Tesis no necesariamente trasladable a su electorado. En el primer turno lo votaron 49 millones de personas de todos los clivajes sociales posibles. Tendencia en aumento para el balotaje. Todavía hay análisis que insisten en que su base social es rica, blanca, sureña y letrada. Una confusión entre principio de realidad y deseo. Dos datos para refutar ingenuidades: en Recife, capital del estado Pernambuco, en el nordeste negro y pobre de Brasil, donde nació Lula, Bolsonaro ganó con un 43% de votos. En Río de Janeiro, a medida que nos alejamos del centro y nos adentramos en la periferia norte y oeste –conocida como Baixada Fluminense– la adhesión al capitán aumenta. En otras palabras, el más que probable triunfo de Bolsonaro no solo es una revuelta de los sectores dominantes, también es un voto a la desigualdad por parte de las personas que la padecen.

En Da Matta, es tan importante la violencia de la pregunta como el silencio de la respuesta. Nos habla de la dominación como relación, del poder como eficacia, del consenso como sometimiento, de la historia como sedimento. Con esto no estoy abonando la teoría de la «manipulación informativa» o la alienación ideológica. Idea solo comprensible en tanto ansiolítico intelectual. Creo que los votantes de Bolsonaro saben perfectamente lo que están escogiendo, así como también saben con quién discutir. Mi lectura propone otro camino: hablamos de uno de los países más desiguales del mundo ¿Por qué asombra que se elija en masa a un candidato que promueve abiertamente casi todas las desigualdades? Duele, desconcierta, invita a la negación. Pero tal vez sea hora de asumir que, para muchas personas, las desigualdades no solo son aceptables sino que, además, son justas.

AUTOR

Nicolás Cabrera

Nicolás Cabrera estudió sociología en la Universidad Nacional de Villa María (Córdoba, Argentina) Vive en Río de Janeiro por una beca de investigación en la Universidad Federal de Fluminense. Es además becario del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)

Extraordinaria #Opinión ¿Usted sabe a quién está votando? por Nicolás Cabrera

Conozca El Trump Brasileño por Thomas Manz

Tomado de Nueva Sociedad:

En el día de ayer, Jair Bolsonaro fue apuñalado en un acto de campaña. El candidato derechista a la presidencia de Brasil, sobrevivió al atentado. Bolsonaro es un extremista confeso. Con el apoyo de sectores del empresariado, de los evangélicos y de los militares, pretende convertirse en el Trump brasileño. Para muchos es un hombre que se rebela contra el sistema, que rompe las reglas de la corrección política y que muestra signos de autenticidad. Sin embargo, Bolsonaro es un candidato agresivo e intolerante que pretende gobernar con mano de hierro.

El 7 de octubre de 2018, 147 millones de brasileños serán convocados a votar para elegir presidente, parlamentarios y gobernadores. La votación se llevará a cabo en tiempos turbulentos: el país recién se está apenas recuperando con lentitud de una severa crisis económica, al tiempo que enfrenta una creciente crisis de seguridad. En lugar de la presidenta Dilma Rousseff, elegida en 2014 y desplazada del poder hace dos años con un pretexto espurio, su ex-vicepresidente Michel Temer ha gobernado con un porcentaje de aprobación de solo 3%, el más bajo de la historia brasileña. El ex-presidente Luiz Inácio Lula da Silva, enormemente popular, fue condenado recientemente por corrupción en un juicio controvertido y está detenido desde abril.

La confianza del público en la democracia se ha visto seriamente impactada por esta sacudida radical de la política brasileña. Solo 43% de la población prefiere todavía la democracia como forma de gobierno. Apenas 7% tiene confianza en los partidos políticos, comparado con 50% que confía en las Fuerzas Armadas. Los resultados de una encuesta de mayo de este año son igualmente alarmantes, ya que muestran que la mayoría de los brasileños considera que un golpe militar es justificable como respuesta a la corrupción o el delito.

En consecuencia, el resultado de las elecciones es más incierto que nunca. El creciente desencanto con la política ha creado un fuerte sentimiento «antisistema». Muchos ansían una renovación política, en especial con un nuevo conjunto de jugadores. «Para cambiar el sistema, tenemos que cambiar a la gente»: ese es el lema más difundido. Hoy en día, solo aquellos que se presentan como «nuevos» y son percibidos de ese modo tienen alguna posibilidad de éxito electoral, de acuerdo con el politólogo Sergio Abranches.

Un populismo anti-establishment

Sin embargo, este sentimiento «antisistema» le resulta perfectamente útil al ex-integrante del cuerpo de paracaidistas Jair Messias Bolsonaro, un diputado raso al que durante mucho tiempo se le restó importancia. Hasta ahora, no atrajo la atención por su labor parlamentaria sino por sus declaraciones ofensivas, en especial al glorificar la última dictadura militar brasileña. Su voto durante el impeachment de Dilma Rousseff causó un escándalo cuando se lo dedicó a uno de los más famosos torturadores de ese periodo. Casi dos años antes, Bolsonaro había generado indignación al declarar que no violaría a la diputada Maria do Rosário Nunes porque no valía la pena hacerlo.

Al mismo tiempo, Bolsonaro despotrica contra los políticos corruptos e incompetentes y, siguiendo a Donald Trump, a quien considera su modelo, se presenta a sí mismo como la negación de la política tradicional «corrupta» que, según él, requiere de una «purga general». También ve amenazados los valores de la nación brasileña y sus cimientos cristianos por lo que llama un «marxismo cultural». Bolsonaro considera que este último es el responsable de infiltrar ideológicamente las escuelas, de subsidiar la improductividad y la inmadurez mediante el financiamiento público de programas sociales y de una política de derechos humanos que solo protege los derechos de los delincuentes. Fiel a su segundo nombre, «Messias», cree ser el salvador de la nación brasileña. Y en esta misión, confía en el apoyo de los militares.

Si Bolsonaro gana las elecciones, planea armar un gabinete con muchos funcionarios salidos del Ejército. Su lógica: si otros presidentes nombraron como ministros a «guerrilleros y terroristas», entonces él quiere convertir a los generales en ministros. Un gobierno militar como ese, elegido libremente, es, de acuerdo con Bolsonaro, «el deseo de Dios». No sorprende entonces que haya nombrado como candidato a vicepresidente a otro oficial retirado, el general Hamilton Mourão, que también es un defensor de la dictadura militar.

Mientras tanto, este autoproclamado outsider de la política se las ha arreglado para ocultar el hecho de que no es tan nuevo en ella. En la actualidad, Bolsonaro ejerce su séptimo mandato y ya lleva 27 años en el Parlamento. Ha cambiado repetidamente de partido y por momentos fue parte de algunos que estuvieron particularmente hundidos en escándalos de corrupción. El periódico ISTOÉ lo llama con ironía un«candidato antisistema que proviene del sistema».

A pesar de esto, Bolsonaro ha manejado bien la transición de ser un simple diputado sin cartera a convertirse en poco tiempo en uno de los políticos más conocidos de Brasil, principalmente gracias al uso de las redes sociales y a su discurso «antisistema». Por varios meses lideró las encuestas –al menos, mientras el ex-presidente Lula, condenado por corrupción y ahora en prisión, se encuentra excluido de las encuestas–. Pero aun si no se descarta la candidatura de Lula, a Bolsonaro le va sorprendentemente bien: obtendría alrededor de un quinto de los votos, y esta cifra ha permanecido relativamente constante en los últimos meses.

La decadencia del «establishment»

En contraste, los candidatos del establishment, como Geraldo Alckmin, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), y el ex-ministro de Finanzas Henrique Meirelles, se están quedando muy atrás. En consecuencia, hay grandes posibilidades de que Bolsonaro pueda atravesar la polarización tradicional entre el partido «socialdemócrata» conservador (PSDB) y el progresista Partido de los Trabajadores (PT), para al menos llegar a la segunda vuelta. «Brasil, tenenos un problema», proclama The Economist, y al hacerlo habla sin duda en nombre del establishment político y económico de Brasil. Venía insistiendo desde hace tiempo con que el atractivo de Bolsonaro disminuiría a medida que la economía se recuperara. Pero hasta ahora no ha habido una recuperación económica apreciable, la economía está estancada y el índice de desempleo está clavado en 13%.

Por un lado, Bolsonaro se presenta como un rebelde; por el otro, al elegir al economista liberal Paulo Guedes como consejero, intentó dar una señal al establishment de que –al menos políticamente– no es tan antisistema. Las elites financieras también se sintieron aliviadas y complacidas por la nominación de un experto reconocido con una visión liberal. Al mismo tiempo, la agrupación de Bolsonaro, el Partido Social Liberal (PSL), es una de las defensoras más leales de la agenda económica liberal del presidente Temer en el Congreso.

Bolsonaro trata abiertamente de seducir a una comunidad empresaria crítica de la regulación y está considerando al empresario Flavio Rocha como posible ministro de Asuntos Económicos. Está claro que no solo quiere a los militares en su gobierno, sino también a los empresarios. Al ponerlos en la mira, Bolsonaro anuncia que es tiempo de que los empresarios brasileños pongan manos en el asunto. Por lo tanto, la autoimagen de rebelde contra el sistema también oculta el hecho de que en las encuestas disfruta de más apoyo del segmento de los más ricos y los más educados que sus competidores. 30% de la población cuyo ingreso es diez veces el salario mínimo coquetea con la idea de elegir a esta supuesta bête noire del sistema.

El apoyo religioso

Sin embargo, con este discurso Bolsonaro intenta deliberadamente seducir a otro segmento de los votantes: los seguidores de las iglesias evangélicas, quienes en la actualidad constituyen 30% del electorado en lo que fue alguna vez un país puramente católico. A la luz de esta tendencia, algunos observadores hablan de un voto evangélico, dado que los actos de campaña de Bolsonaro se parecen a menudo a las ceremonias de una iglesia evangélica. El discurso moralizante cultivado se ve especialmente atrapado en el sistema de creencias evangélico en el que el Dios único se involucra en la lucha contra el mal en nombre de la buena ciudadanía.

Entre los que apoyan su candidatura están entonces el senador y pastor evangélico Magno Malta y el influyente líder de la iglesia Vitoria em Cristo, Silas Malafaia. Malafaia espera que de 70% a 80% de los evangélicos voten a Bolsonaro. Sin embargo, las encuestas de opinión ven su participación en los votos en este segmento en solo 17%. Aunque la «defensa de la familia de marido y esposa», el rechazo al aborto y la crítica de la «ideología de género» que proclama Bolsonaro encontró una respuesta positiva entre los evangélicos, también enfrenta rechazo por sus declaraciones a menudo agresivas y radicales. Su compromiso con el derecho a la posesión de armas tampoco es compartido por muchos evangélicos pacifistas.

Por otro lado, en sus discursos Bolsonaro se refiere al valor de la meritocracia, un punto de vista ampliamente aceptado en los círculos evangélicos. El esfuerzo personal y la labor individual, y no los programas sociales públicos, son el camino para salir de la pobreza y la miseria social. Y mientras muchos de los evangélicos apoyan cuestiones específicas relacionadas con las mujeres, tales como la legalización del aborto, también rechazan el feminismo por considerarlo una retórica agresiva. Por lo tanto, los ataques de Bolsonaro al feminismo y la ideología de género resuenan en su audiencia, aunque esto no necesariamente implica el rechazo de políticas diseñadas en función de las necesidades de las mujeres.

El atractivo de Bolsonaro entre los votantes jóvenes

Lo que además hace interesante a Bolsonaro es que, a diferencia de casi todos los demás políticos, ataca el estado precario de la seguridad pública. En años recientes, buena parte de la población, en especial entre la clase media baja, se ha convertido en un auténtico blanco. Las cifras actuales hablan de más de 60.000 asesinatos en 2017, lo que equivale a 175 incidentes por día. Mucha gente que experimenta esta inseguridad y violencia como una amenaza diaria se siente abandonada por la política tradicional. Sus preocupaciones tienen eco en el discurso «contundente» de Bolsonaro contra el delito, que llama a bajar la edad de imputabilidad, a dar a los oficiales de policía licencia para matar y a un acceso más sencillo a las armas. Hasta ahora, los partidos progresistas se han quedado sin respuestas convincentes.

Finalmente, Bolsonaro también puede confiar en el apoyo de los sectores más jóvenes del electorado. El apoyo que recibe en el grupo que va de los 16 a los 34 años duplica el que obtiene entre aquellos de más de 55, y la población más joven representará un tercio del voto total en las elecciones. En parte, la popularidad de Bolsonaro resulta de su fuerte presencia en las redes sociales. Con cinco millones de seguidores en Facebook, está mucho más presente que el resto de sus contrincantes.

Más aún, como muestra un estudio realizado por la científica social Esther Solano para la Fundación Friedrich Ebert (FES), su autorrepresentación sustentada en un discurso inconformista suena «anticonvencional», en particular entre las generaciones más jóvenes. Lo ven rebelándose contra el sistema. Consideran refrescante la forma en que rompe las reglas de la corrección política y sienten que la intolerancia y la agresividad en sus declaraciones no son un traspié, sino algo «pop» y auténtico.

Con una ayudita de Steve Bannon

Estos factores le dan a Bolsonaro una sólida posición en la carrera presidencial. Pero también hay factores que complican su campaña. Complementando su nivel de aprobación alarmantemente alto, también enfrenta el nivel de rechazo más alto entre todos los candidatos. Además, hasta ahora no ha logrado romper su aislamiento dentro del establishment político como para conformar una alianza electoral más amplia. En última instancia, su alianza electoral se ha limitado a dos partidos pequeños: su propio PSL, con ocho representantes en el Parlamento, y el Partido Renovador Laborista Brasileño (PRTB, por sus siglas en portugués), el partido de su candidato a vicepresidente, sin presencia parlamentaria.

Esta pequeña alianza electoral también implica una significativa desventaja en cuanto a la disponibilidad de fondos públicos para la campaña y el acceso gratuito a tiempo en radio y televisión. Tiene derecho tan solo a alrededor de 1% del tiempo gratuito de publicidad, mientras que Alckmin, el representante del establishment, tiene casi 50%. Bolsonaro trata de compensar su desventaja mediante publicidad intensiva en WhatsApp y Facebook. Pero a diferencia de Donald Trump, tendrá que hacer campaña sin una fuerte financiación.

En última instancia, la pregunta más importante sigue siendo, sin embargo, qué se podría esperar de Bolsonaro si se convirtiera en presidente. Sin una mayoría en el Congreso, el candidato «antisistema» buscaría espacio para maniobrar, mediante alianzas con las fuerzas conservadoras del sistema. Pronto demostraría ser el guardián de los intereses del establishment empresarial.

Ve su rol presidencial conectado con la desregulación y la desburocratización. El resultado serían reformas «que la economía necesita», privatizaciones y continuar el recorte político-social. En el corazón de su estilo de gobierno, sin embargo, no se encuentran políticas económicas y sociales, sino una política de seguridad de mano dura y la lucha contra el «marxismo cultural». Para esta lucha, encontró recientemente un sostén en un famoso estratega de campaña: Steve Bannon, el ex-esbirro de Donald Trump.

Fuente: https://www.ipg-journal.de/regionen/lateinamerika/artikel/detail/der-brasilianische-trump-2924/

Traducción: María Alejandra Cucchi

 

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#Incréible El “magnate del sexo” se lanzó para diputado en Brasil con una polémica campaña en TV Vea Vídeo

Un hombre conocido en Brasil como el “Magnate del sexo” se lanzó a diputado luego de ser considerado como un referente de la noche de San Pablo. Su Night Club Bahamas es uno de los centros más conocidos del entretenimiento para adultos y ha sido un acérrimo crítico de Lula Da Silva.

El empresario se llama Oscar Maroni y había prometido regalar 9 mil latas de cerveza si el expresidente caía preso. Y en abril cumplió, con una mega fiesta en la que se paseó disfrazado con traje de presidiario y lanzando latas de cerveza a todos los que llegaron hasta las puertas de su cabaret.

Oscar Maroni se inscribió en la carrera como diputado federal y su primer spot de campaña es muy controversial.

En él aparece sentado en un sillón negro desde el que cuenta las propuestas que pretende llevar al parlamento mientras comparte el plano en pantalla con una de las señoritas que trabajan en su night club que permanece de espalda.

En la propaganda, la mujer mueve su trasero cuando Maroni le consulta si “está contenta con la política actual en Brasil”.

La Fiscalía electoral de San Pablo había solicitado retirar esa propaganda alegando que hacía “apología de la prostitución ” y “exponía a las mujeres como mercadería en una situación degradante“.

Maroni se defendió y dijo que no va a retirar los avisos porque su campaña representa su perfil: “es la forma que tengo para conquistar el voto de mi público“. Y agregó: “La mujer que aparece en la propaganda fue invitada a participar y ella aceptó. No cobró nada. Es libertad de expresión”.

#Incréible El “magnate del sexo” se lanzó para diputado en Brasil con una polémica campaña en TV Vea Vídeo

#Opinión #Análisis: México Perdió por periodista @Edwardr74 Rodríguez

perdio mexico

En menos de 48 horas México perdió “sin querer queriendo”. El lunes ante Brasil en el Mundial de fútbol Rusia 2018; y el domingo con la llegada del izquierdista Andrés Manuel López Obrador (AMLO) a la presidencia.

El proceso electoral mexicano arrojó los resultados que venían reflejando los diversos estudios de opinión durante los 90 días que duró la campaña: una amplia e inalcanzable ventaja de López Obrador sobre sus tres contrincantes. Con un 53% de votos logró la victoria este 1 de julio en unas elecciones consideradas “históricas” en el país azteca; ni que se hubieran unido y sumado los votos de los otros aspirantes, Meade; Anaya y Rodríguez podían frenar al candidato del Movimiento Regeneración Nacional (MORENA).

¿Qué ocurrió?, lo mismo que sucedió en Venezuela en 1998. Sin duda, un agotamiento de los partidos tradicionales en el poder, hastío del bipartidismo, hartazgo y decepción del pueblo; corrupción; una pésima gestión de Enrique Peña Nieto, un Partido Revolucionario Institucional (PRI) anclado en la dinastía, y la violencia reinante llevaron al elector a votar en contra de un sistema con muchas fallas, pero paradójicamente ampliamente conocido en el marco democrático.

Por primera vez la izquierda gobierna en México, AMLO quien aspiraba a la presidencia por tercera vez, aprendió de sus errores, manejó la cautela en el discurso, desde el primer spot de campaña se apartó de las palabras dictadura, Chávez, Venezuela y expropiación. Mientras que los otros candidatos se asfixiaron en descalificaciones, vagas propuestas de cambio, lo que hizo que el tabasqueño se les colara sin inconveniente.

¿Quién ganó? Evidentemente el sentimiento que despertó “AMlove” y un partido recién creado para ganarse la confianza y el voto de millones de mexicanos, tal como ocurrió con Hugo Chávez en 1998; a quien, recordemos, apoyaron empresarios y dueños de medios de comunicación como Miguel Enrique Otero (dueño del diario El Nacional), cuyo respaldo fue abierto, público y notorio, y después la misma revolución se lo comió con el pasar del tiempo y hoy vive en el destierro. Con AMLO sucede lo mismo, empresarios y dueños de medios sucumben a su discurso “hipnotizante”.

Sin ser nosotros, los venezolanos, del futuro, podemos decir que México perdió; sólo los hechos y el tiempo nos darán la razón. En algún momento los hermanos mexicanos escucharán sobre la reelección indefinida, cambio de leyes, poder para el pueblo, fuera los yanqui, viva la revolución, etc, etc.

Nosotros que ya lo vivimos y lo seguimos viviendo, sentimos que no hay peor remedio que la enfermedad, la izquierda nos ha enseñado que no sirve para gobernar, que destruye y acaba con todo lo que está en el camino, que para lo único que funciona es para las campañas electorales. A quién no le va gustar que le digan: “vas a tener poder” sin tenerlo (en el caso del pueblo, sobre todo los más desposeídos), a quién no le gusta que le digan que le van solucionar todos los problemas, a quién no le gusta que le digan vamos a cambiar. Pues definitivamente a todos.

El otro detalle del porqué considero que México perdió se debe al equipo que rodea al Presidente electo, no sé si son resentidos del poder, pero lo que sí está claro es que se muestran identificados con los mismos íconos de la “revolución bolivariana”: idolatría por Fidel, Chávez, discurso de inclusión, promesas de producción interna, etc, etc.

Mientras esa historia apenas comienza, le digo a los amigos mexicanos que tengan en cuenta siempre que sí se puede estar peor; por el momento no hay a la vista un ambiente militarista, pero espérense tantito que eso también les viene, “sin querer queriendo”.

México perdió.

Edward Rodríguez

@edwardr74

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